Ha pasado tanto tiempo desde que lo leí por primera vez que ya no recuerdo exactamente cuándo fue. Solo me queda la impresión de haberlo disfrutado; lo que pensaba entonces sobre los personajes se ha desvanecido por completo. Al releer Otelo esta vez, la obra me llegó con un peso completamente distinto.
Quizás la esencia de Otelo resida en un complejo de inferioridad instalado en lo más profundo de su ser: la sensación persistente y silenciosa de ser un forastero dentro de la sociedad a la que pertenece. Basta una sola palabra de Yago para despertar ese complejo dormido. Una vez que se abre una grieta en su pensamiento, este escapa de la cesta ordenada de la razón y comienza a rodar en una dirección que ya nadie puede controlar. Otelo se vuelve cada vez más parcial, y termina viendo las palabras y acciones de los demás únicamente a través del espejo deformante de su propio prejuicio, aislándose más con cada paso.
Existe ese instante —tan familiar en los dramas históricos, cuando el acusado es confrontado y obligado a confesar— y en el momento en que Otelo llega a ese punto, su ruina ya está decidida. Una simple semilla de duda rueda y rueda, creciendo como una bola de nieve, hasta desatar finalmente una avalancha. Al final, la obra parece decirnos que las relaciones privadas son mucho más difíciles de gobernar que las públicas.
Yago, por su parte, es un hombre capaz de leer con una precisión inquietante la psicología ajena, las circunstancias y los deseos e intenciones ocultos de quienes lo rodean. Más aún, posee la capacidad de poner en palabras deseos que la propia persona ni siquiera ha logrado formular conscientemente. Sin intervenir jamás de manera aparente, consigue exactamente lo que quiere. Si no fuera tan perverso, habría podido ser un consejero extraordinario; y sin embargo, por naturaleza, parece alguien que nunca estuvo destinado a permanecer tranquilamente al lado de nadie.
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